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El poema

Fotografía: Jenny Lees



El poema se asoma al abismo del absurdo
con sus dedos manchados de tinta y silencios,
mira el vacío de significados establecidos,
mira entre las grietas de significantes congelados,
y contra ellos lanza piedras para abrir agujeros,
lanza pétalos y semillas para rasgar velos y deseos.
El poema quiere ver lo real, escarba hasta hacerse daño,
escarba arriesgando sentidos entre prejuicios superpuestos;
señala la luna y señala al sol, señala también las sombras
y denuncia la afilada navaja de los objetos.
Señala no con el índice, con los ojos;
denuncia no con los ojos, con los sueños.
Pero las miradas alimentan una vez más lo conocido;
una vez más, las pupilas
acaban posadas en el dedo.
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Epigrama 6


Fotografía: Masao Yamamoto
 
 
Podéis creerme o no creerme
si aquí afirmo que mientras escribo
procuro no saber lo que digo,

aunque sí sé lo que hago,
que es un hacer que dice lo que callo
y que sueña lo que lo olvido.
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Hay un dar


Dibujo: Wieslaw Walkuski

¿Quién escucha lo que no digo?.
¿Quién dice lo que callo?.
¿Quién da mis pasos cuando no ando?
¿Quién me abraza cuando no abrazo?

Abrazar y avanzar a pesar de todo,
expresar y ser escuchado a pesar del silencio;
porque callar no es lo mismo que no expresar,
porque expresar es sacar la presión
que llevamos dentro.

¿Quién siente cuando no siento?
¿Quién calla lo que no digo?
¿Quién despliega mis alas cuando me detengo?
¿Quién sueña conmigo lo que no sueño?

Sentir y callar a pesar de todo,
y expresar y soñar a pesar de este sordo tiempo,
porque soñar no es lo mismo que no actuar,
porque hasta el agua necesita un soporte
para ser río o mar y movimiento.

¿Quién ha escrito este poema?
¿Quién piensa lo que no pienso?
Hay un dar que está más acá o más allá
de la intención de dar o dejar adentro. 
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Las bocas calladas

Collage: Eugenia Loli


 
Los ojos cerrados. Los dedos ocupados en mantener bajados los párpados. Los gestos anestesiados por la repetición obsesiva de los actos mecánicos.

Los dientes desgastados de sujetar el anverso de los sueños. Los pies cansados de ir y de venir de aquí para allá persiguiendo y postergando deseos.

El corazón como una ciudad bombardeada: ventanas que cuelgan sin sus casas, puertas abiertas sin sus manos, pájaros sin sus alas, pájaros posados sobre escombros.

La vida que se enreda, no sé si buscando la luz o la sombra, como un hiedra escalando el tronco de un árbol que crece o decrece, no sé si hacia dentro o hacia fuera.

Entre muros rotos y humeantes, deseos buscando objetos, objetos con anzuelos camuflados, anzuelos disfrazados de dulces silencios imantados.

Los ojos cerrados. Las manos atadas. Las bocas, aunque hablan y hablan, y chillan y muerden y escupen y sangran, las bocas calladas. Quizás, ¿esperando?.


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Pregunto

Pintura: René Magritte.


-Pregunto qué es real en mí -dijo. ¿Unas cien billones de células que -según dicen- forman un cuerpo, y que viven y mueren y se regeneran manteniendo lo que soy en cada momento? ¿Es real mi pensamiento? ¿Quién lo piensa? ¿Cien billones de células que entre genes y memes crearon lenguaje y conciencia? 

Pregunto al agua, tantas veces preguntada, y al viento cuando silba -como hoy silva- insistente en mi ventana. Pregunto a las estrellas y a las llamas, al árbol y al pájaro, a la tierra que sustenta mi mirada. Pregunto a lo que me rodea, cuando en mí suena y resuena, y a la luz cuando hace visible el amor o la guerra y la batalla. 

Pregunto cuando escribo, cuando dibujo, cuando pinto; pregunto cuando hago una fotografía de tu mirada. Pregunto cuando construyo un personaje, cuando te entrego un escena animada. Una emoción -y su cristalización como sentimiento- ¿son reales? 

Pregunto qué es real en mi -concluyó. 

Pero las respuestas son sólo granos de arena hechos de sed y palabras. Las respuestas son sólo gotas de agua que flotan en el aire inquietas, gotas que acaban formando en los ojos mundos sólidos, hechos sólo de hielo, o certezas moldeadas con retazos de arena y niebla.

 
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Vacío que alumbrar


Instalación de Chiharu Shiota



La tierra -en minúsculas-, hoy,
tan llena de semillas a punto de germinar. 
Mi mente, ahora, tan llena de pensamientos. 
El cielo -siempre- tan lleno de estrellas.
Sin embargo, cuando me empeño
en abrir con mis uñas una semilla 
-queriendo encontrar qué sé yo dentro-, 
nada encuentro.
Y cuando observo mis pensamientos
y los fuerzo a gotear
como gotea un bola hecha de nieve
retenida entre mis los dedos;
cuando los trato como la pieza de un puzzle
que aspira a completar una imagen objetivo,
sólo encuentro ecos, 
y entre eco y eco nada encuentro.
Y cuando miro las estrellas, 
siempre misteriosas y asombrosas, 
qué veo sino una inmensa noche llena de luz
y un gran vacío que alumbrar.



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Hacer, querer, saber, callar.


Fotografía: Robert Mapplethorpe

En la pantalla de inicio de mi ordenador,
antes de introducir el nombre y la contraseña,
tengo escritos, a modo de recuerdo,
estos cuatro verbos:

hacer, querer, saber, callar.

A veces, juego
a repensar
todas las posibles
combinaciones

entre ellos.
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Mirar hacia dentro

Fotografía: Eugenia Loli.


Mirar hacia fuera
es ver hacia atrás en el tiempo,
porque la luz tarda
en llegar a nuestros ojos
y cuando llega
nos habla de límites,
nos cuenta qué fuimos
y de qué estamos hechos.
Mirar hacia fuera
ójala sea ver a la vez
pasado y futuro,
qué fuimos y qué seremos.
Por tanto no hay duda,
la única posibilidad
de sentir el momento
es mirar
hacia dentro.
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Hipótesis

Dibujo: Christian Schloe.


Propoemas,
expoemas,
pompoemas
y repoemas;
también apoemas,
pospoemas,
traspoemas
y compoemas:
en todo caso
no teoremas,
sólo hipótesis
de la conjugación.
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De como, sin pretenderlo, empecé a dar clases de escritura creativa


Fotografía: Sarolta Ban

En la universidad fui un estudiante de Ciencias. También en el bachillerato. Me gustaban las matemáticas, la física y la biología. También me interesaban -y me interesan- la psicología, la pedagogía y, sobre todo, la psicoterapia. Durante esos años de estudiante, y años después, me dediqué a dar clases particulares de matemáticas y física, entre otros trabajos esporádicos. En mis apuntes y cuadernos de notas, a menudo se mezclaban fórmulas y poemas. Escribir poemas, leer literatura y libros de psicología, fueron centros de interés muy significativos para mí durante esos años. Estudiar filosofía, lengua, literatura, historia, arte, fue algo que siempre hice -y sigo haciendo- de manera autodidacta. Nunca quise mezclar mi interés por la poesía y la literatura con mis estudios académicos.

Un día recibí una llamada para unas clases particulares, una llamada con un propuesta diferente:
-He leído poemas tuyos y me han gustado -me decía alguien, a quien no conocía, por el teléfono- y también he sabido que te dedicas a dar clases particulares.
-Sí, así es -respondí.
-Mira -me dijo-, tengo un hijo al que le gusta escribir y quería proponerte que le dieras clases particulares de escritura.

¿De escritura?¡¿Clases de escritura?!. Estábamos a mediados de los ochenta. Cambié las matemáticas y la física por la escritura; porque después de esa llamada hubo otras demandando más clases de escritura.Entonces no lo supe, pero ese día empezó para mí un nuevo camino. Sin buscarlo, sin pretenderlo. Un camino en el que estoy todavía. El arte, la expresión a través del arte, se sumó a la expresión a través de la escritura un poco más tarde, en los noventa.

Aquel primer alumno de escritura, el hijo de aquella persona que me llamó, fue Iker Jiménez. Iker tendría entonces doce o trece años. Yo, veintiséis o veintisiete. Poco -más bien, nada- pudo significar aquello para Iker. Estuvimos con aquellas clases muy poco tiempo, algunos meses. Aquel mismo año se marcharon a vivir a Madrid. Pero para mí sí tuvieron importancia. Sin esa primera experiencia, quizás nunca hubiera realizado otras actividades de expresión, talleres con los que fui compartiendo y aprendiendo, y haciendo camino al andar.
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Fotografiar pensamientos

Fotografía: Igor Morski


Si pudiéramos
fotografiar nuestros pensamientos
como fotografiamos
las cosas más cotidianas,

podríamos mirarlos con detalle
y compartirlos, o simplemente tirarlos,
podríamos desnudarlos o abrigarlos,
o rasgarlos, borrarlos o pintarlos.

Si pudiéramos fotografiar
nuestros pensamientos,
quizás entonces veríamos
de dónde vienen y a dónde van,

quizás entonces, claramente, sabríamos
sin son nuestros o son de otros, si nacieron
junto a nuestros sentimientos y a nuestros actos
o alguién los puso ahí para amoldarlos

a otros pensamientos ya muy hechos y amoldados,
o si nacieron sólo para llenar un vacío
o rebosaron de tan llenos nuestros sueños,
de tan llenas nuestras manos, nuestros brazos.

Si pudiéramos
fotografiar nuestros pensamientos
como fotografiamos cada día
los rostros que amamos.
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Avión de papel

Fotografía: Igor Morski


Si construyo con tu imagen un avión de papel,
que lanzo a volar y que regresa,
que lanzo otra vez y gira y vuelve
a posarse en mi cabeza.

Si busco tus ojos como un pájaro busca el aire;
si agito alas manchadas de tinta y palabras
que al volar adelgazan y callan
para poder imaginarte.

Es porque siento tan largo el tiempo,
tan hondo el invierno más allá de las manos,
tan inútiles los pasos dados sin encontrarte,
tan profundas las sombras al final de la tarde.

Es quizás porque intento encontrar sentimiento
en los relámpagos de las emociones;
por eso construyo una y otra vez con tu imagen
un avión de papel, que lanzo a volar

y que regresa, y lanzo otra vez
y gira y gira y siempre vuelve
a posarse en mi cabeza.
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No somos un sólo yo




Pintura: James Ensor

No somos un sólo yo.
Ese único yo tan nuestro
que sentimos como cierto,
es el ancla, no la barca;
una ficción compartida,
un precio que pagamos, 
un contenedor vacío
hecho de agujeros,
una flecha lanzada
contra un muro que no vemos,
los restos recompuestos 
de nuestra última batalla,
el último velo superpuesto
a tanto velo,
el anhelo de significar
en el significante del universo.
Y sin embargo,
sin ese único yo tan nuestro, 
¿en qué suelo anclaríamos
nuestras experiencias?.
¿Cómo armar un relato
en el que todas las palabras
fueran máscaras que cambiaran
continuamente de cara?
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Somos


Foto: Willams K.

 
Tú eres el puente
que une las dos orillas de mi mente. 
Yo, el tren que pasa. 
Tú, la barca y los remos. 
Yo, el pez que agita el agua
y que distorsiona el reflejo del cielo. 
Tú eres el fuego que quema
los rastrojos que crecen en los nidos de mi garganta. 
Yo, lo que es quemado, 
y la brasa que aviva la noche 
y que consume la mañana. 
Tú eres el fuego, sin forma ni casa; 
yo, la sombra, que avanza fiel y silenciosa 
junto a la barca que avanza. 
Tú eres el aire y yo las alas
 del pájaro que huye del frío 
y que golpea con su pico en mi ventana. 
Juntos somos todo y somos nada; 
somos un poco de ayer, 
este momento, 
y una pizca de mañana.
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Ciudad hecha por arañas


Imagen: Odilon Redon

 


En esta ciudad cualquiera, 

rodeado de ojos congelados

y dedos que lanzan gritos sobre teclados,

escribo palabras alrededor de mis párpados,

escribo para mantener despiertos los ojos,

escribo para serrar sin ruidos

las rejas de mi destino.

Camino por calles pegagosas llenas de hilos

y me detengo en escaparates vacíos

con cristales empañados;

en su vaho con mi dedo escribo 

‘ciudad hecha por arañas’,

escribo ‘cepos para razones engrasadas'

escribo ‘quiero ser’ sobre el asfalto

plagado de chicles y de sombras.

Doblo esquinas que cortan el azar en dos mitades,

y en su pefil escribo ‘telarañas hechas de metales’,

y 'trampas para ratones, 

con dinero en vez de queso como cebo’.

Y reescribo, con vértigo en mi dedo,

‘ciudad hecha por arañas’.

En esta ciudad cualquiera, 

rodeado de ojos planos,

y zapatos sin sus pies, y caras sin sus rostros,

escribo palabras que desaparecen

como los árboles en la niebla, 

como pasos descalzos en una arena

bañada por las olas.

En esta cuidad cualquiera,

ciudad hecha por arañas,

sobre la que podría escribir hoy todas las palabras

y nada cambiaría.


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La hinchazón de ser



Imagen: Mike Worrall


Lo insostenible no son los mercados,
sino la ‘mercadicosis'.
Como lo irritable no es la televisión,
sino la ‘televisionititis’,
Lo defraudante no son (por supuesto) los políticos
sino la ‘politiquinosis'.
Lo injusto no son eso muros y esas fronteras
-historias de miedo y odio, y de esto es mío, sólo mío-
lo injusto es la ‘amurallatitis' y la ‘fronterititis'
Lo alienante no es sólo la ‘capitalicracia’
que llena de injusticia social el mundo,
sino la ‘capitalititis'. Como
lo criticable nunca será la crítica,
sino la ‘criticonicosis'.
Lo irritante -actualizo- no es Trump
sino la ‘trumpititis’.
Al fin y al cabo, lo malo nunca ha sido ser,
sino la hinchazón de ser.
...
 
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El poema

Fotografía: Zheng Hong Xiang


Vuelco sobre la página una palabra;
por ejemplo libertad, o sed, o cara,
o amor, o rabia, o montaña,
y esa palabra arrastra a otra
-porque cada palabra lleva
otra pegada en la espalda-,
y juntas ensayan un ritmo,
una escultura de silencios,
breves pruebas de cascadas.
Luego, se oyen tambores
que convocan a más palabras.
Llegan atropellándose,
y ríen o lloran, y gritan o callan,
o se miran asustadas
en aguas que crecen y cambian;
entonces, las palabras reflejan,
deforman, hielan o abrasan.
Más tarde, los tambores
convocan a todos los sentidos,
a todos los significados posibles;
también a los improbables,
y a todos los reflejos de las orillas, 
y a la sed de todas las bocas.
Finalmente, con un sentimiento
de vértigo y de esperanza, siempre
como una lluvia inesperada,
van cayendo las palabras
sobre la página, caen agitándose,
temblando ligeramente.
Aspirando a ser lo que le rodea,
así empieza a respirar el poema,
misterioso, indefenso, casi transparente.
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Espejo del cielo





Una imagen: el reflejo del cielo estrellado,
en el agua de un mar en calma, en un lugar remoto,
lejos de toda luz artificial, de toda sombra artificial:
lejos de todo lo humano.

Un pensamiento: apenas somos nada
en el vasto universo que nos rodea;
y sin embargo ¿no sería un poco, sólo un poco,
casi nada, apenas nada,
menos bello el universo sin lo humano?
¿Existe belleza sin un perceptor
de la belleza?

Una esperanza: nos queda, como poco,
la posibilidad de sentir 
-qué obvio y extraño es este sentimiento-
que todo lo que somos
-cada célula, cada átomo, el sentido o el sin sentido,
el amor o el odio humanos-
pertenece al universo.
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Desde dentro

Fotografía: Erik Johansson

Es el movimiento el que crea el espacio
y el gesto el que redescubre
y actualiza el cuerpo;
como el trazo hace visible al soporte,
o la música afirma y suma valor al silencio.

Son los pasos los que trazan el camino
de la palabra que revela
y construye lo que siento,
que es deseo, y es espacio y cuerpo,
y soporte y silencio, y camino para llegar
al propio pensamiento.

El contenido debería dar forma al continente
y el significado armar
al significante desde dentro.
¿O es más importante el zapato que el pie?
¿son más importantes las gafas que los ojos
con que vemos?

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Lo que no tiene palabra


Fotografía: Masao Yamamoto


No estamos preparados para el silencio
que escucha.
No somos capaces de dejar hablar
a lo que no tiene palabra.

Nuestros ojos eligen ver lo que ya han visto.
Y nuestros oídos
sólo escuchan lo que ya tantas veces
han escuchado.

Las hojas cuando caen, ¿qué dicen?.
¿Qué dice la luz cuando amanece?.
¿Qué dice el agua cuando golpea
en la ventana?. 

¿Qué dice el fuego cuando se eleva,
el niño cuando corre, la nube cuando pasa?
¿Qué dicen los silencios entre una palabra
y otra palabra?

Ni siquiera sabemos con qué oídos escuchamos,
o con qué ojos vemos.
Tampoco sabemos si aún somos nosotros
los que vemos y escuchamos.

Confundimos las cosas con las palabras
que las nombran.
No somos capaces de dejar hablar
a lo que no tiene palabra.

Y todo esto lo sabemos, no hace falta recordarlo,
pero elegimos olvidarlo.
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El arte no es respuesta


El arte no es respuesta,
es, sobre todo, interrogación,
preguntas que suenan
en el fondo de la escena.  

Las respuestas son sombras,
restos de un amor que se quema,
humo que se expande y eleva
hasta disolverse en la nada.

Las preguntas son el fuego.
Las respuestas, agua congelada;
tantas veces, agua estancada.
Las preguntas, agua que corre

por el río de las venas.
Resulta que lo que importan
son los ojos, porque las preguntas
son una extensión del mirar.

Resulta que lo que importa
es nuestra atención,
porque allí dónde va, va
también nuestra emoción.

Las respuestas se disuelven
como la lluvia en la sed.
Sin embargo, las preguntas
siempre elevan nuestro ser.
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Línea de sombra

Fotografía: Kansuke Yamamoto


Una vez más, línea de sombra,
límites entre lo que fui
y lo que seré,
siendo, sin embargo, el mismo.

Línea de sombra
entre una luz y otra luz,
entre lo que amé y lo que amaré,
entre lo que fue
y lo que aún no ha sido.

La luz es invisible hasta que toca
objetos del mundo
o del pensamiento;
entonces surgen las sombras
que vuelven también visible
lo que permanece en el silencio.

Una vez más, línea de sombra:
frontera entre lo que congela
y lo que arde,
entre lo breve y lo infinito;
límites entre lo que fui
y lo que seré,

siendo, sin embargo, el mismo.

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Tormenta

Fotografía: Even Liu

Me detengo un momento y miro
a través de la lluvia y la tormenta:
las palabras chocan y se muerden
y los puentes entre un corazón
y otro corazón,
entre una mano
y otra mano,
se tambalean como barcos mecidos
por un ordenado caos
de ciegas olas.


De pronto los sueños parecen
deseos sin sentido,
son como granos de arena
entre los dedos de las manos,
y los actos sacan sus flechas afiliadas
que buscan sus blancos heridos
por terremotos sin sentido.

Las calles que desgasté y desgastamos,
los ojos que miré y me miraron,
las manos que tendí y me tendieron
los abrazos y las caricias, y las palabras
en el cuello de una noche;
y las personas que amé y que me amaron,
y los sueños que prometí y me prometieron,
y las complicidades, y los adioses, y los besos
en el andén de los días,
quedan ahora tan lejanos, tan distantes,
que dan vértigo y señalan la trama
de una fábula vanal o de una cuerda floja.

Pero enseguida mis ojos levantan sus pupilas
de la lluvia y la tormenta, y buscan
de nuevo mis pies y mis zapatos,
y doy un paso y otro paso,
a tientas descubro otros ojos, otras manos,
y entonces sé que sólo la luz existe
y que la tormenta es un paso necesario
para llegar a la calma,
para regar la dicha.
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Pelea de relojes

Fotografía: Sarolta Ban


En mi cráneo de humo
pelean los relojes.
Y la noche se empapa
de preguntas.

Como cuchillos,
así nacen los recuerdos,
como nacen los volcanes,
empujando, arañando
las agujas de este tiempo;

rehacen y deshacen
los nidos hechos
de monosílabos y semillas,
de silencios y deshechos.

Mientras, las palabras
se escurren como ranas,
se sumergen esquivas
en esta charca 
en la que burbujean 
los recuerdos.

Ahora, en mi cráneo,
hay un reloj congelado.
Otro, poco a poco,
se calienta en mi pecho.
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Magnetizado azar



Y si todo no fuera más que puro azar,
eterno movimiento
sin principio y sin final.
Qué entonces.
¿No sería acaso lo mismo?
¿No brillaría el mismo sol en el cielo?
¿La misma noche embarazada de estrellas,
no se alternaría con la luz deslumbrante?
Y el amor y la muerte
¿no jugarían a esconderse
entre las sombras de su péndulo incesante?
En la naturaleza sólo nosotros
estamos necesitados de significados.
Es humano, significativamente humano.
Pero humano, interpretación, significado,
sería también el puro azar,
y no borraría ni uno sólo de todos los misterios.
Y el tiempo, como el hielo agrietándose,
deshaciéndose y cambiando
¿no crearía eternamente,
a pesar de todo,
siempre universos nuevos?
A pesar -o sin pesar-
de que eligiéramos -o no-
creer o no creer
que todo es
un puro magnetizado azar.
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La función




Un telón abierto. Un sólo foco alumbrando desde lo alto. En el centro del escenario, un único personaje quieto, sentado sobre las tablas; mira con atención a un único espectador en la sala de butacas. Nada más hay en el escenario.
Sentado en la primera fila, en la penumbra, atento a la función, el único espectador permanece tan quieto como el actor. Hay silencio.
—¿Es aquí? -se pregunta el actor escudriñando la oscuridad- ¡Estás ahí!¡Puedo oír tu respiración!
El espectador mira hacia atrás, hacia el patio de butacas. A pesar de estar solo, no cree que el actor le esté hablando a él. El actor da un paso en la dirección del espectador. Se detiene. Se agacha. Mira hacia la penumbra, hacia la butaca en la que el espectador espera. Mira con su mano derecha en la frente, protegiéndose de la luz.
—¡Estás ahí! -afirma rotundo- ¡He venido aquí a ver tu función! —dice levantándose bruscamente- ¡Tu -remarca- función! ¡Es lo único que ahora importa a mi atención!
—Pero ¡tú eres el actor! -dice el espectador, después de un breve silencio.
Mete entonces su mano en uno de sus bolsillos y saca un pequeño papel que agita enérgicamente.
—¡Aquí tengo mi entrada!
Se apaga la luz. Todo queda en la oscuridad. Después de unos segundos, las luces se encienden. Suena una música, algo de Wim Mertens. No hay nadie. Ni espectador, ni actor. Sólo un cartel sobre el escenario en el que puede leerse: ¿Qué pasa cuando actor y espectador son una y la misma acción?
Se cierra el telón.

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El cincel que necesitamos



Utilizamos tantos moldes
hechos y rehechos,
que son escasos los actos
que podemos llamar nuevos,
como escultores
cuya única materia
fuera el tiempo congelado.

Para quitar el sobrante
a cada instante,
o añadirle
lo que le haga más completo;
para compartir 
lo que quizás sólo pertenezca al vacío,
para moldear las realidades de hoy
con las virutas de nuestros sueños,

la palabra, el arte, sigue siendo
el cincel que necesitamos.

Y un poco de silencio.
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Rescates

Imagen: Chema Madoz
 
 
 
Cada día tenemos que pagar algunos rescates;
un rescate, por ejemplo, para recuperar
nuestros propios pensamientos;
otro, para sostener el valor de nuestra mirada,
o para reponer la luz que somos
o escuchar nuestros silencios.
Un rescate para detener un momento
la noria de la oferta y la demanda
que pudre tantos cuentos
en el mercado de los velos superpuestos;
un rescate por el agua y por el aire,
y por la tierra y por el fuego,
y por el canto de los pájaros y por la brisa,
y por el árbol
y por el techo.
Un rescate también por sentir
nuestros propios sentimientos;
o por mantener abiertos nuestros brazos
a la voz de nuestro silencio,
o por gritar nuestros derechos;
un rescate por querer lo que hacemos,
o simplemente por querer saber
o por hacer sabiendo,
cada día tenemos que pagar 
tantos, tantos rescates.

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Pequeño cubo de arena

Dibujo: Wieslaw Walkuski


Vacíos que llenar,
como un niño en la playa llena
su pequeño cubo de arena:
coge su pala y escarba
en la dócil capa de tiempo,
y carga con calma su cubo
que enseguida voltea,
y hace muros y almenas
y castillos de sueños.
Luego oye que le llaman
y corre feliz al encuentro
del mundo que le abraza.
Pero pronto llega una ola
y derrumba los muros
y sube la marea
y disuelve las almenas
y no quedan sueños, 
sólo nuevos vacíos que llenar
como un niño en la playa llena
su pequeño cubo de arena.
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Domesticado, el 'salvaje' instante.



Pintura: Wolfgang Lettl



Rotos el todo y los añicos del todo.
Rotos el espacio y el tiempo.

Rotos los caminos y las fronteras,
ahora hechas con los muros del dinero.

Rota la palabra por los cuchillos de la imagen.
Rota la experiencia, ahora fantasmas hechos de aire.

Rotos los lugares, convertidos en destinos.
Entre el tener y el tener, rotos los pasajes.

Roto el pasado. El futuro fragmentado
como un puzzle del color de la sangre.

Roto el reloj, como un fractal interminable.
Y en el zoo del tiempo, domesticado,
el salvaje instante.
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Cosas de la vida.

Fotografía: Sarolta Ban



Tienes la llave. La agarras fuertemente. Subes sigiloso unas crujientes escalera. Los pies lentos y tensos, como si estuvieras rodeado de mariposas que duermen. Por fin, llegas. Pero, ¿dónde está la puerta? ¡Maldito olvido!. ¡Maldito tiempo que nada salva!

Más tarde encuentras la puerta. Tanteas despacio una pequeña cerradura. Una mano agarra con decisión un dorado boliche. La otra está dispuesta. Pero, ¿dónde está la llave?. ¿Maldito olvido, o destino, o lo que sea!. ¡Maldito tiempo que todo lo mueve y lo intercambia!.

Y otra vez tragas saliva. Das la vuelta. Pisas sobre los mismos pasos. Callas sobre las mismas calles. Corres y descorres las mismas cortinas de los mismos ojos. Quitas los velos superpuestos que tapan el cadáver del día. Entras en las sombras más oscuras con una débil luz en tu pupila.

Hasta que otra vez encuentras la llave. La agarras más fuertemente. Y subes sigiloso las crujientes escaleras. De nuevo, los pies lentos y tensos, como si estuvieras rodeado de mariposas que duermen. Y te detienes en el escalón del amor. Y más tarde, en el del desamor. Te detienes en el escalón de la muerte. Y más tarde, en el de nueva vida. Te detienen en el escalón de las leyes. Y enseguida también en el de la injusticia. Paras en el escalón del llanto, un rato; y enseguida pasas al de la risa.

Y encuentras la puerta. Y tienes la llave. La agarras fuertemente. Y abres. Por fin, abres. Y encuentras otra escalera que parece llena de mariposas que duermen. Y subes. Por fin, llegas. Pero, ¿dónde está la puerta?.

Cosas de la vida.
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Después de todo



Después de todo lo que perdí y perdimos,
de lo que se perdió por algún agujero del tiempo,
me queda, nos queda, lo que nunca cambia, 
el sonido de la lluvia en la piel de las calles,
el sabor de la fruta en las cálidas tardes,
la vital caricia de esta o aquella mano,
las conversaciones de fuego y humo, la música
marcando el tiempo o deshaciéndolo,
el silencio, el amor que nos afirma o nos diluye,
y la palabra, esa dulce expresión del vértigo.

Me queda, nos quedan, los ojos siempre abiertos, 
el sol mirándonos más allá de las nubes,
el agua, el aire, las serviciales manos
y algún nombre que nunca dimos al olvido;
me queda, nos queda, el amor a lo desconocido,
lo único que realmente nos pertenece,
eso que ni aún la muerte podrá arrancarnos;
después de todo lo que perdí y perdimos,
de lo que se perdió por algún agujero del tiempo.
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Como el hielo despierta

       Imagen: Dentro del bosque de Armentia. Benito Herreruela.


Para Angela Serna.



Estremecer y reflejar
lo que nos rodea,
como el agua refleja
y estremece
lo que la lluvia implora.
Escuchar y acompañar
al corazón que late,
y a las palabra en el aire
que caen como las hojas.
Y golpear el tiempo
hasta agujerearlo,
hasta desgastarlo y abrirlo,
como las gotas rompen
la dureza de las rocas.
Y despertar,
como el hielo despierta
cuando el calor abre al agua
la posibilidad
de todas las formas.


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Son tormentas prefabricadas las que nublan el cielo

Fotografía: Sarolta Ban

“Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido,
y no sería nada sin ese riesgo.” J. Derrida


Llueven imágenes sobre los tejados, las avenidas y las autopistas del mundo. Son tormentas prefabricadas las que nublan el cielo, relámpagos que crean deseos prefabricados. Deseos que no nos pertenecen.

Llueven imágenes autoluminiscentes, con una luz tan potente que no deja ver las estrellas; una luz fuerte y sin sombras, que no deja ver la noche. Una luz que se disuelve y se mezcla y se confunde con la luz del día. 

Llueven imágenes sobre los automóviles, las salas de espera y los bancos del mundo. Son imágenes que rompen la realidad, la arrugan, la agrietan. Las imágenes: los únicos espejos en los que nos miramos. Luego, nos vemos llenos de grietas, deformados, arrugados, deslumbrados por tanto autobrillo. Y por las grietas surge la desolación con su brillante aliento helado.

Llueven imágenes sobre las fábricas, las escuelas, las universidades. La tormenta prefabricada es tan espesa que empapa cuerpos que enseguida se transforman en brillantes armaduras: pulcras, lisas, pulidas armaduras. Férreas pieles de rígidos caballeros que cabalgan sobre caballos sin sangre. 

Llueven imágenes sobre los corazones y hay barcos que navegan en la sangre. Sobre los rostros se confunden con las lágrimas; sobre las manos se confunden con los dedos.

Son tormentas prefabricadas las que nublan el cielo, relámpagos que crean deseos prefabricados. Deseos que chocan y se reflejan hasta no dejar ver más que un vértigo prefabricado, un vértigo que empequeñece al ser.


 
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