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Después de todo



Después de todo lo que perdí y perdimos,
de lo que se perdió por algún agujero del tiempo,
me queda, nos queda, lo que nunca cambia, 
el sonido de la lluvia en la piel de las calles,
el sabor de la fruta en las cálidas tardes,
la vital caricia de esta o aquella mano,
las conversaciones de fuego y humo, la música
marcando el tiempo o deshaciéndolo,
el silencio, el amor que nos afirma o nos diluye,
y la palabra, esa dulce expresión del vértigo.

Me queda, nos quedan, los ojos siempre abiertos, 
el sol mirándonos más allá de las nubes,
el agua, el aire, las serviciales manos
y algún nombre que nunca dimos al olvido;
me queda, nos queda, el amor a lo desconocido,
lo único que realmente nos pertenece,
eso que ni aún la muerte podrá arrancarnos;
después de todo lo que perdí y perdimos,
de lo que se perdió por algún agujero del tiempo.
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Deseos





Que de tanto usar máscaras,
disfraces parecidos a la propia piel,
dogmas, voces ajenas, dedos ajenos…;
que de tanto no tener los ojos en el aire,
no se marchiten las propias pupilas,
no se nos cierren los poros de la cara,
las fuentes de la boca,
el imán de nuestras manos.

Que con tanto alboroto en las calles
de nuestros pensamientos,
no confundamos mente con corazón,
ni lengua con oreja,
ni mano con espada.

Y que si un día salimos de este laberinto
de espejos que reflejan espejos,
no clasifiquemos ni nos clasifiquemos,
no adoremos hasta el vacío una imagen,
no quedemos atrapados en nuestro disfraz
como en una oxidada lata de conservas.

Que de tanto usar máscaras,
disfraces parecidos a la propia piel, 
no ahoguemos el ser con el tener,
ni confundamos el dar con el quitar,
ni el ir con el venir;
que con tanto alboroto
no nos desgastemos en el insaciable,
tenaz roce de lo cotidiano.
                      

[1979]






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Calma




Meter las manos en los bolsillos y caminar
-sin rumbo, sin prisa, sin origen ni destino-
es a veces suficiente para encontrar calma.
Quizás busque entonces la soledad como semillero,
o desgaste las calles una vez más
hasta reivindicar mi rostro intacto.

Son momento fugaces, como estrellas 
que sólo existen por su luz.
Son momentos de poner cada cosa
en su sitio, cada sitio
en su cosa.

Por ejemplo, hoy he encontrado
que el mundo era mi reflejo,
también que yo era reflejo del mundo;
y aunque su reflejo, que era el mío,
y mi reflejo, que era el suyo,
no daban la medida que contienen,
al menos por un momento
el mundo y yo nos estrechábamos las manos
 y nos mirábamos a los ojos aceptando
cada cual sus errores y sus aciertos;
y estaba bien sin ser un sueño,
era real sin ser amargo.

Por ejemplo, podía saludar
sin resultar rutinario;
podía escuchar y a la vez oírme,
sin que quedara polvo en la memoria
ni sutiles batallas interiores.

Sin duda, es bueno meter de vez en cuando
las manos en los bolsillos. Y caminar.
Por un acto tan común
puede uno encontrar calma.

Pero todo me dice
que es mejor no intentar atraparla:
son momentos fugaces, como estrellas
que sólo existen por su luz.


[1984]




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Ícaro





Será quizás porque
todas las alas que conoces
están hechas tan despacio como un robo,
con huecos y huesos de silencio y rabia,
entre esas murallas muertas que avivas en tus sueños,
entre esas murallas muertas,
entre esas.

Y será quizás porque
construiste tan único y hermoso tu mundo
que quedaste atrapado en él con tu susurro,
con tu suspiro de victoria vencida,
con tus cenizas de sangre,
con tus lamentos.

Será quizás porque
todas las alas que conoces
están hechas de cera muy mimada
y plumas de pájaros aplastados
y miel de panales muertos.

Será por eso Ícaro,
porque el sol está muy bajo,
o porque la luna sigue siendo un sueño;
será por eso, insisto,
que caíste al mar del desencanto
con un ligero canto, una suave luz,
y un gran desierto.

[1980]

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Expansión

Foto: michael bilotta



Pareciera nuevamente
que el sueño se hunde en el sueño,
cuando las cuatro hinchadas caras del tiempo
me aprisionan em-
pequeñe-
ciéndo-
me.

Sin embargo, alguna parte intocable de mí sabe
que sólo es el principio
de una nueva y dulce
expansión.


[1979]
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Habría que limpiar las palabras





Imagen: Jonathan Wolstenholme.
 

 
 
Habría que limpiar las palabras.
Cada cierto tiempo. Limpiarlas
como se limpian las lentes de las gafas;
cepillarlas como se cepillan los zapatos
después de un paseo nocturno por el bosque;
lavarlas, como se lava la cara de cada día.
Tirarlas -si es preciso tirarlas-
como se tiran los restos del plato de la comida;
enjuagarlas como se enjuaga la boca
después de haber mordido, masticado, 
tragado cada contenido.
Porque sucede que uno mira a su través
y ve la realidad -sea lo que sea-
deformada y arañada,
porque ocurre que uno las oye, las ve,
como medusas transparentes 
flotando en el mar de los pensamientos,
escritas en páginas de firmas bien pagadas, 
y siente, como en el poema,
heridas de muerte las palabras.
No digo cuales, digo palabras -se sabe-  desgastadas
como caramelos infinitamente chupados:
oxidadas latas de conservas;
palabras con sus esqueletos picoteados
por los buitres de la Historia,
palabras petrificadas en una playa seca:
tirarlas, tirarlas en la papelera más cercana:
esas palabras, con sus conservantes,
sus espesantes y aromatizantes,
con sus colorantes autorizados.
 
 


 
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