domingo

La función




Un telón abierto. Un sólo foco alumbrando desde lo alto. En el centro del escenario, un único personaje quieto, sentado sobre las tablas; mira con atención a un único espectador en la sala de butacas. Nada más hay en el escenario.
Sentado en la primera fila, en la penumbra, atento a la función, el único espectador permanece tan quieto como el actor. Hay silencio.
—¿Es aquí? -se pregunta el actor escudriñando la oscuridad- ¡Estás ahí!¡Puedo oír tu respiración!
El espectador mira hacia atrás, hacia el patio de butacas. A pesar de estar solo, no cree que el actor le esté hablando a él. El actor da un paso en la dirección del espectador. Se detiene. Se agacha. Mira hacia la penumbra, hacia la butaca en la que el espectador espera. Mira con su mano derecha en la frente, protegiéndose de la luz.
—¡Estás ahí! -afirma rotundo- ¡He venido aquí a ver tu función! —dice levantándose bruscamente- ¡Tu -remarca- función! ¡Es lo único que ahora importa a mi atención!
—Pero ¡tú eres el actor! -dice el espectador, después de un breve silencio.
Mete entonces su mano en uno de sus bolsillos y saca un pequeño papel que agita enérgicamente.
—¡Aquí tengo mi entrada!
Se apaga la luz. Todo queda en la oscuridad. Después de unos segundos, las luces se encienden. Suena una música, algo de Wim Mertens. No hay nadie. Ni espectador, ni actor. Sólo un cartel sobre el escenario en el que puede leerse: ¿Qué pasa cuando actor y espectador son una y la misma acción?
Se cierra el telón.

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