La mirada de los árboles
Trabajando expresión con personas con autismos
Piensan en imágenes claras. Algunos, en imágenes rotas. Sienten sin entender qué es el sentimiento. Quieren, y no entienden eso, porque el amor es complejo. -¿Amor?¿Qué es el amor? -dicen cuando escuchan esa palabra en las canciones. -¿Amor? dicen -los que dicen, los que hablan. -¿Amor?¿Qué es el amor? Dicen lo que no dicen ni callan ni hablan. Yo, callo. El amor es nuestro primer síntoma de que somos seres sociales -pienso.
Sus silencios son puentes entre silencios. Nuestras palabras son puentes entre palabras. Nos subrayamos con palabras. Nos hinchamos con palabras. Nos deshinchamos en silencios. ¿Cómo construir puentes entre puentes, puentes entre sus silencios y nuestras palabras?.
Resbalo contínuamente con ellos. Pero poco importa. Resbalo como quien resbala disfrutando en un tobogán. Confío mi garganta a palabras como peces, y sé que se resbalan de mis labios, y que les llegan como un invitación a ser, a actuar. Es lo que busco, que sean; a través de colores, de manchas, de líneas, de puntos, de escapes, que sean aún a través de no ser. Eso es hermoso.
Resultan ser peces voladores -mis palabras-, y saltan -ellos. Me doy cuenta que hablan conmigo -ellos- mientras hablo conmigo mismo, que hablan con ellos -sus líneas, sus trazos, sus gestos- mientra hablan callando, que hablo con ellos mientras callo conmingo mismo, que callamos juntos al fin, y que al fin, muchas veces hablamos sin hablar, nos miramos cómplices, entendiendo -no hace falta comprender- que somos simplemente humanos.
Se golpean, se escurren o se aplanan, no entienden que el mundo y nosotros no seamos como las imágenes previsibles, ordenadas y concretas de su mente. Una vez conocida, construyo su previsibilidad para hacer un espacio compartido. Con cada persona. Ahí, juntos, estamos. A veces me corto, me hago heridas que sangran adjetivos; ellos los escuchan, pero sólo ven un pájaro que revolotea asustado, una sombra posada sobre la previsible imagen de nuestro ser compartido.
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| Collage de Sammy Slabbinck |
[de 'El jardín roto', 1977]
Una selva de palabras (II)
Dije que en aquella selva los árboles no tenían hojas sino plumas y que los únicos frutos que crecían en sus ramas eran palabras. Pero no conté algunas cosas. Por ejemplo que cada árbol de aquella selva iba menguando día a día las raíces que le fijaban al suelo y que, a la vez, a un mismo ritmo, iban aumentando la cantidad y el tamaño de las plumas de sus ramas. Llegaba así el día en que cada árbol quedaba transformado en pájaro.
Cuando la metamorfosis había concluido, ahuecaba y sacudía enérgicamente las recién estrenadas alas, hasta entonces ramas llenas de palabras, y el suelo se llenaba de sustantivos y verbos, preposiciones agrietadas y apetitosos adjetivos. Nuestro grupo de primates se apresuraba entonces a recoger aquella especial comida celebrando un ruidosa fiesta. Los grupos rivales miraban con envidia escondidos en la espesura. De nuevo las interrogaciones y las interjecciones, los puntos y las comas, se las dejábamos felices a los pájaros. Era el último regalo de cada árbol antes de realizar su vuelo hacia lo desconocido.
¿Hacia dónde iba? Nadie lo sabía. Se decía que, ya libres de palabras y de permanecer anclados al suelo, volaba a un mundo hecho de silencio, a una selva de gigantescos árboles luminosos, entre cuyas ramas vivía para siempre. Lo único cierto es que sólo una cosa dejaba cada árbol en su lugar sobre el suelo desocupado, una pequeña semilla de luz que brillaba en la noche medio enterrada. Crecía lentamente, poco a poco, mientras se iba apagando, hasta transformarse en un nuevo árbol en nuestra selva de palabras.
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| Rene Magritte, 1964 |
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| Foto: Chema Madoz |
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| Fotomontaje: Patrick Desmet |
Aquel día
bajé a la calle,
busqué en los parques,
en las plazas,
en los bares;
visité todos los lugares
que juntos amamos,
y también aquellos
que un día nos amaron.
Pero tú
no estabas.
Aquel día en el mundo
no hubo nadie.
La cárceles que estamos construyendo
nunca estarán terminadas.
Como las nubes, así cambian
las paredes de sus celdas;
y los barrotes, construidos
con palabras prefabricadas,
son más duros que el acero forjado,
y brillan como el oro alumbrado
por el hacer de las estrellas.
La cárceles que estamos construyendo.
Con nuestras manos atadas,
y con nuestros labios pintados
con el color del dinero,
y con nuestros pasos marcados
con dígitos binarios en el suelo.
Nunca estarán terminada.
Cada tiempo, y así el nuestro,
se define por las cárceles que construye.
Y son las cárceles y no las alas
las que cuentan nuestra historia;
y son las normas que rigen en cada cárcel
las fronteras a las que finalmente
llamamos libertad.
Encuentro con Miles Davis
Mis encuentros imaginarios con poetas no se han diferenciado mucho de mis encuentros con algunos músicos. Han sido encuentros con menos palabras, pero no con más silencios.
Dos altas montañas: una con aristas cortantes e iluminadas, símbolo de la realidad; la otra siempre envuelta entre nieblas, símbolo de ideales y de sueños.
Entre esas dos montañas un día encontré un Gran Lago. Sobre la superficie de sus aguas empecé a escribir palabras que reflejaran lo que estaba experimentando. Nunca sospeché lo que ahora atesoro: la inabarcable profundidad de esas aguas, la ferocidad y la belleza de su naturaleza, los ocultos valores de sus fondos.
La primera palabra que escribí fue Libertad. Esa era mi primera necesidad. Luego, sin apenas haber conseguido esa primera, Amor. Así fue como golpeé con mis puños en la puerta de la vida.
Un día, una pequeña ola borró el eco de esas dos palabras y una puerta se abrió misteriosa y chirriante. Poco después -qué importa aquí el tiempo-, una lluvia de sentimientos cayó sobre la superficie del Lago. Durante algunos años llovió como si la vida fuera sólo un diluvio de palabras y emociones, un golpearse contra muros hechos de miedos, desafíos e inercias. (Y recuerdo que cada gota de lluvia contenía un misterio. Cada emoción era entonces un signo de interrogación).
Cuando acabaron aquellas lluvias, pensamientos sin forma flotaban en la superficie de las aguas como astillas rotas, restos caóticos de un bosque destruido, formas desafiantes de un puzzle inacabable. Siguieron más tarde años de preguntas, interrogaciones sin fin cuyas respuestas eran nuevas preguntas que resquebrajaban el suelo de la razón con profundas grietas y continuos terremotos rotundos e impredecibles.
Después de algunos años (el tiempo poco importa en este texto), sobre una roca saliente del Lago, apareció antes mis ojos una figura que era yo mismo. Entonces no fui capaz de ver la importancia, pero ese desdoblamiento resultó ser un distanciamiento fundamental, cambió mi punto de vista y me llevó a ser el observador de mis sentimientos y pensamientos. Fue el inicio de la búsqueda de qué era mi voluntad.
¿Qué era lo que yo quería? (Y aquí la palabra 'yo' está escrita muy adrede). La pregunta resonó durante años en cada uno de mis actos, y parecía, quizás pura ilusión, un sentimientos con mis pensamientos y acción.
Ahí no acabó la búsqueda. La voluntad -y su sombra la libertad- eran un reflejo más en las aguas sobre las que escribía. Cuando quise ir más allá, necesitaba una luz, un aglutinante que soldara los sentimientos con los pensamientos y la acción, pues frecuentemente se oscurecían y deshilachaban como nubes de tormenta, y sus rayos deterioraban mi energía.
Lo encontré donde siempre había estado, dentro de mí. Ese aglutinante era la atención. Pero había que liberarla porque estaba -está- a menudo secuestrada. Desde entonces ese es mi trabajo, un trabajo sin fin, la escritura sobre el agua: ser dueño y señor de mi propia atención.
Pero esa es ya otra historia. Y amanece. Y el amanecer siempre cambia cualquier narración. Quizás mañana.
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| Foto: Laurent Laveder |
Flor para la tumba de Breton
Con los pies llenos de alas y cafés con leche,
hago una flor con las cenizas de todas las palabras:
campanas que son armas terribles tu inquieta boca,
cuando el pelo deja de ser nido para ser pájaro,
o cuchillo que partiera el tiempo en dos mitades,
o piedra o puño que de ojo a ojo rompiera la mentira
hilvanando esta suma de instantes no seguidos.
Con los ojos llenos de lenguas y alcohol barato
compongo esta estatua hecha del perfil de un grito,
eco que nombra la muerte como el acto más surreal,
eco que ayuda al parto de ciudades embarazadas de hilos.
Cuando las horas se abren dejando paso al silencio,
qué dar que no sea un insondable abismo:
la máxima desnudez siempre será el mayor vértigo:
llegar al ser desnudo y primero que siempre fuimos.
Toco tu boca: el texto como música
Ya he jugado otras veces a reencontrarme con textos que tienen una significación especial para mí. Mi frágil memoria quizás no recuerde las palabras de esos textos que algo tocaron dentro, pero nunca olvido las sensaciones que despertaron, las imágenes que me ayudaron a construir, los pensamientos y sentimientos que crearon una resonancia difícil de ignorar en mis propios sentimientos y pensamientos .
Con ciertas lecturas ocurre como tan frecuentemente sucede con la música -son también ritmo, música-, que quedan asociadas a un tiempo, a un espacio, a circunstancias muy concretas. Más tarde pueden -como la famosa magdalena de Proust- ser un detonante de insospechados recuerdos; y cuando despiertan cambian, se adaptan a nuevas situaciones, se transforman en paisajes de palabras, espacio internos, realidades paralelas que acaban fundidas con los propios sueños.
Así, el capítulo 7 de Rayuela, de Julio Cortázar:
que no buscan, líneas sin intención, líneas
Ese árbol que es todos los árboles
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| Imagen: Chema Madoz |
Si a una isla que a la vez que desierta fuera un desierto pudiera llevarme sólo una imagen, sin duda elegiría la imagen de un árbol. Si con esa imagen yo consiguiera que un árbol creciera, primero en mi interior, luego en cualquier lugar de la isla, ya dejaría de ser un desierto y pronto también de estar desierta; porque un árbol, tanto en la naturaleza como en imagen interna, es sinónimo de vida.
Los árboles me han fascinado desde que era un niño. Entonces vivía -allí nací- en un valle cercano al Valle del Jerte, el Valle del Tiétar, en Valverde de la Vera, y la naturaleza -y por tanto las sensaciones y la experiencia- se imponía por encima de cualquier pensamiento. Desde entonces siempre tengo un árbol dentro. Ese árbol, que es todos los árboles, es un tesoro incalculable.
Creo que todos tenemos un árbol dentro; cuando ese árbol se borra y en su lugar aparece una línea recta de un sólo sentido y de una única dirección, una línea perfecta y muerta como solo la mente humana es capaz de hacer líneas muertas y perfectas, entonces en la isla sólo nos queda un gran agujero sin fondo, un agujero en el que sólo caben vértigo y nada. Una nada que es desconexión en primer lugar con nosotros mismos, y luego con el mundo que nos rodea. Entonces, cualquier barbaridad es posible.
Ahora pienso que mi isla es ya en realidad un gran árbol y no está rodeada de mar, sino de alas y de aire.
Volver a la escritura como experiencia
Yo no tengo mucho de valor, es verdad; pero algo que valoro y que guardo como un ancla de oro que me fija al mundo, es mi vivencia con las palabras. No hablo de escribir bien o mal, ni de publicar y/o hacer libros, ni de ser o no conocido, ni mucho menos de vender o no vender: eso siempre han sido cosas que pasan, cosas que suceden a quiénes les sucedan… Y está bien. Para mí siempre ha sido algo impensable vivir de la escritura. Y menos en estos tiempos.
Pero mi hacer con las palabras, aunque no me ha permitido ganar dinero, me ha enriquecido, y mucho, y sigue siendo una experiencia apasionante que aun hoy, en estos tiempo de general desencanto, me aporta una energía interna que me recuerda siempre al niño que fui y que me lleva de aquí para allá buscando y buscando…
También creo que sí, que se ha de escribir con un destino. Pero ese destino -descartada la posibilidad de ganar dinero- lo cumple, lo ha cumplido para mí siempre, ‘esa pequeña humanidad’ que nos rodea en el día a día, esas personas de gran humanidad con las que sí hemos podido compartir lo que hemos escrito. A veces es suficiente. Al menos lo ha sido para mí.
Pero para eso quizás haya que regresar, en otra vuelta del destino, a la escritura como -vital- experiencia.
Lo demás, son cosas que pasan.
Ahora, sobre mi mesilla de noche,
veo la cara de una rosa seca.
Miro su boca retorcida, del color de la tierra,
una boca agonizante que me habla del pasado.
Me niego a escucharla; prefiero mirar
la luz azul de mi lámpara de noche:
hay rasguños en la pintura que recubre su cristal
y veo en ellos un perro alargado bebiendo
en las aguas quietas de un río;
a su lado, saltando asustada, una rana
busca las hierbas más espesas de la orilla.
Las huellas de mis dedos sobre el cristal de la bombilla
son algunas de las hierbas que alimenta ese río.
Cada cosa es también muchas otras.
Las definiciones no valen nada;
son sólo el vacío de un sueño,
el hueco de un ala.
Dos ojos para ver el mundo
y las imágenes del mundo.
El mismo sistema perceptivo
se enfrenta continuamente a dos realidades
iguales y distintas a la vez.
Cualquier pretendida realidad
sólo puede ser
pura paradoja.
Construimos realidades socialmente.
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| Acuarela: Benito Herreruela |
[1977]




























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