sábado

Des-concierto para instrumentos de guerra

'Intermedi', de Joan Brossa.


I

En un escenario iluminado y vacío se abren tres puertas: una, en medio de la pared del fondo; las otras dos, repartidas a derecha y a izquierda. Salen tres soldados, a la vez, uno por cada una de las puertas, los tres con sus caras manchadas de sangre y de tierra.
Cada uno lleva una silla, un atril con una partitura negra y un arma -qué más da qué arma- de guerra. En el centro del escenario colocan, ordenados, mecánicamente, los objetos que forman la escena. Luego, sincronizados, sin apenas mirarse, se sientan.
En la pared del fondo se inicia una proyección de escenas de guerra: blanco y negro, trincheras, sonidos de armas, bombas que estallan, breves silencios que agrietan cualquier espera. Los soldados del escenario han cogido sus armas. Sobre sus ojos se han puesto, cada uno, una venda.
En la proyección del fondo los mismos soldados en una trinchera. Sus armas son otras: uno toca un violín, otro un violonchelo, el tercero hace sonar una flauta travesera. En el escenario, los soldados esperan, quizás a que un director señale que el concierto comienza. Cada soldado está atento a su partitura negra.  
La escena se llena de humo, de música, de sonidos de guerra.

II 

Quién sabe cómo se anuncia un concierto
para instrumentos de sombra y ceguera.
Quién sabe qué compositor escribe
-con qué tinta, con qué sangre-, 
sobre partituras negras.
.
Quién sabe en qué calle, en qué agenda,
se programa desaprender la belleza.
Quién sabe quién mueve la batuta
entre los pliegues del fuego
de cada guerra.
.
Quién sabe de barcas, de fronteras,
en las que se plantan semillas
para que nunca crezcan.
Quién sabe cómo suena una sinfonía
en la que el amor y la  muerte no sueñan.
.
Quién sabe dónde se posan las miradas,
dónde quedan los silencios
de los asistentes a des-conciertos
para instrumentos de guerra.

III 

La música cesa de pronto. También los sonidos de guerra. Cada soldado deja apoyada su arma al lado de su silla. Cada soldado se levanta callado y se quita su venda. No hay aplausos. Ninguna reverencia. Sólo silencio y humo en la escena.
En el escenario, lentamente se van apagando las luces. Los soldados caminan callados, cada uno avanza hacia su puerta.
Salen tres soldados, a la vez, cada uno es una sombra, una sombra con su cara manchada de sangre y de tierra. 


Telón. Intermedio. Inquieta espera.

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